Antonio ALATORRE EL SUEÑO ERÓTICO EN LA POESÍA ESPAÑOLA DE LOS SIGLOS DE ORO México, Fondo de Cultura Económica, 2003. Pp.197

 

MARÍA PIEDAD QUEVEDO ALVARADO

Pontificia Universidad Javeriana (Colombia) mquevedo@javeriana.edu.co


 

El mexicano Antonio Alatorre hace un minucioso estudio del tema del sueño erótico en la poesía española de los siglos de oro, deteniéndose en las variaciones del tema, las particularidades de algunos autores, los vínculos intertextuales, y los retornos y las adiciones que sobre imágenes y esquemas grecolatinos hacen los poetas áureos. En efecto, el trabajo de Alatorre –traductor, crítico literario y profesor desde 1952 del Colegio de México–, inserta las composiciones poéticas que tienen como tema el sueño erótico en una tradición clásica, bien por la referencia de episodios mitológicos, bien por la imitatio que los poetas del siglo de oro hicieron de autores latinos e italianos como Ovidio o Petrarca.

Haciendo uso de su vasto conocimiento en la literatura española de los siglos XVI y XVII, Alatorre logra que su estudio del sueño erótico sea a la vez una antología de poesía amorosa, en la que el soneto destaca como la forma más utilizada, seguida del romance, la poesía cancioneril –de origen italiano– y el diálogo, entre otras. Así mismo, arranca desde Sem Tob, y prosigue con Garcisánchez de Badajoz, Boscán, Garcilaso de la Vega, los hermanos Argensola, Lope de Vega, Góngora, Quevedo y otros, incluyendo –además–, autores indianos como Sor Juana Inés de la Cruz y Gregôrio de Matos. Su estudio vincula la poesía española del sueño erótico con la tradición humanística, por lo que Alatorre se referirá con algún detalle a Ovidio, Homero, Séneca, Estacio; señala la influencia italiana, centrándose en Dante, Petrarca, Pietro Bembo, Sannazaro, pero refiriendo también sus diferencias con el metro castellano. Sin duda, y en línea con la exaltación de la literatura europea que atraviesa todo el libro, la intención de Alatorre no es sólo resaltar la calidad de la poesía española de los siglos de oro, sino vincularla a una tradición literaria canónica, citando versos y poemas en latín y en italiano, y mostrando la influencia española en la poesía lusitana cuando cita en portugués.

Uno de los aportes del estudio de Alatorre es la dimensión histórica que presenta sobre la imitatio, comparándola con una interpretación actual que la acusaría de plagio y que en los siglos de oro era el ejercicio de la auctoritas, que otorgaba distinción al imitador y lo integraba a la tradición clásica de las grandes letras.

Numerosos ejemplos le sirven a Alatorre para ilustrar la importancia y las variantes de la imitatio, como la inclusión de versos de otros poetas en los tercetos, y de modo más general, en el verso final de un soneto. De igual modo, la declaración de la imitación desde el mismo título del poema, como es el caso del Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz; sin embargo, Alatorre no aclara suficientemente que el Primero Sueño, quizá la obra más importante de Sor Juana, no es un poema de sueño erótico, y que la monja declara su intención de imitar a Góngora para autorizar su poema más que para tomar al poeta como modelo de su composición.

La referencia al manierismo le sirve a Alatorre para distinguir a los poetas anteriores al barroco, y su definición –que él mismo declara bastante restringida– se aparta del debate académico en torno a las distinciones con éste: «Yo creo que da lo mismo decir “barroco” que “manierismo”. El término barroco no dará lugar a confusiones si el crítico tiene el cuidado de explicar en qué sentido lo está empleando. Yo he elegido caprichosamente, y a falta de uno mejor, el término manierismo para denotar algo preciso: hay hacia 1565-1585 un grupo de poetas que no son ya “clásicos” al estilo de Boscán y Garcilaso y que todavía no son “barrocos” al estilo de Góngora y Calderón. A ésos los llamo “manieristas”». Esta particular utilización del término relaja la lectura al centrar la atención en los poemas, y no en la profundización conceptual a la que casi siempre tiende la academia.

Así mismo, el tópico del sueño como imagen de la muerte es tratado por el autor, planteando su relación con el neoplatonismo al reconocer en el cuerpo la cárcel del alma, en donde el sueño permite la liberación de la prisión corporal y el deleite del alma en su ansiada libertad. De igual forma, ofrece una lectura detallada de los temas que los poetas amarraron al sueño erótico, tales como el deseo, la ausencia de la amada, el abrazo que se deshace en la nada, el placer del sueño y el desengaño de la vigilia, la idealización de la mujer. Sin duda, estos tópicos tienen un particular cruzamiento con el desengaño barroco del mundo, en el que el sueño es una alternativa frente a lo efímero de la vida, al desgaste de lo temporal, y permite –además– una experiencia del ideal.

Si bien Alatorre muestra con suma claridad las continuidades entre la época clásica, el siglo de oro español y el renacimiento, pareciera participar de la identificación de la edad media como una edad oscura –interpretación que obedece a ciertos intereses políticos y sobre la que ya varios estudiosos como Jacques Heers han advertido–, pues deja de vincular algunos sonetos que hablan del sueño erótico con la lírica medieval, salvo en un soneto de Lope, que relaciona con el amor cortés.

De hecho, la idealización de la mujer a la que se refiere Alatorre en la poesía de los siglos de oro proviene de la lírica trovadoresca, que es fuente para los poetas italianos del Dolce stil novo, quienes influyen en los manieristas y barrocos españoles. Si bien la amada del sueño erótico de los siglos de oro no tiene que estar casada, condición ineludible del fin’amors o amor cortés por su relación con el feudalismo y el vasallaje, su imagen idealizada por el sueño –así el sueño erótico la dote de voluptuosidad– la conecta con la dama del trovador y con la amada de los stilnovisti.

De igual forma, los recursos a la mitología clásica, el tópico del Locus Amoenus, en el que los amantes se encuentran en jardines, en medio del bosque, en los prados del campo, y que están presentes en la poesía bucólica clásica y áurea (Virgilio, Garcilaso), comparten también sentidos con algunos géneros de la lírica trovadoresca medieval como las albas, e incluso las pastorelas.

Si bien no es de interés del autor establecer vinculaciones profundas con la literatura medieval, ganaría riqueza interpretativa el contraste con la lírica trovadoresca, que ejerció más influencias de las que muchos críticos están dispuestos a reconocer. Con todo, el de Alatorre es un trabajo minucioso y revelador, que no carece de amenidad ni de honestidad intelectual, cuyo mayor alcance –más importante aún que todo lo que se ha dicho– es el rescate del valor de leer poesía y, específicamente, poesía de los siglos de oro, que pese a parecer tan distante en el tiempo y en su registro lingüístico, contiene siempre una interpretación iluminadora y apasionada del mundo.