Editorial

 

Con este número 6 de Tabula Rasa, nuestra revista se sigue consolidando en el medio académico como una revista fuerte en el ámbito de la teoría crítica contemporánea. Esto es importante, pues no sólo ha permitido que nuestra revista crezca y sea reconocida, sino que es un punto importante para lograr uno de nuestros propósitos fundamentales: crear comunidades académicas basadas en la discusión y en la libre circulación del conocimiento. En este sentido, nos hemos abanderado de la libre reproducción. No es un invento nuestro, pero sí ha sido uno de los pilares de nuestra política editorial, la cual comienza a ser seguida por otras publicaciones del área, de todos modos no se trata de quien lo hizo primero o no, lo importante es que la libre reproducción o copy left, debe ser una política del mundo editorial académico. Esto pareciera ser una trivialidad, es decir, que es algo que se cae por su propio peso, sin embargo no es así. En este mundo en que domina la empresa, y la universidad en general vira a tornarse en una de ellas (aún las universidades públicas), el conocimiento y la educación en general se convierten en mercancías preparadas para ser vendidas a quién tenga los medios para adquirirlas.

En el mundo contemporáneo, vemos el afianzamiento de las políticas neoconservadoras. Estas, al contrario de lo que acontece con la tradición del pensamiento liberal en que todos los seres humanos somos ciudadanos y tenemos los mismos derechos (por lo menos en teoría), consideran que ciudadano es aquel que puede obtener servicios, es decir aquel que paga por ellos, por ende no todos somos ciudadanos, ni todos tenemos derechos. La educación, al igual que la salud, no es un derecho, es un servicio (léase mercancía) por el cual hay que pagar.

Un buen ejemplo de esto es lo que acontece con la producción del conocimiento en las universidades. Cada vez más estamos regidos por la lógica del mercado, se obtienen fondos de investigación pensando en la rentabilidad económica que puedan producir. Lo más perverso de esta situación se vive en las áreas de la salud en que quien marca las directrices sobre los caminos a seguir en la investigación son las grandes multinacionales farmacéuticas. Sin embargo, esta situación se vive en todas las áreas. En las ciencias sociales se toma más el camino de los estudios de mercadeo y de sometimiento a los intereses de las empresas. Por otra parte, la producción académica se convierte en una mercancía para la misma academia que la produce. Las universidades deben producir resultados de investigación que se publican en revistas indexadas que deben alimentar las bases de datos que luego se venden a las mismas universidades, quienes deben pagar sumas millonarias para poder consultar esas bases.

Hace un tiempo se decía -investigación que no se publica no existe-, ahora, se diría -investigación que no está en una base de datos o procesos de indexación importante no existe-. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de la investigación que producimos en Colombia y América Latina no llega a las revistas «internacionales» que alimentan las bases poderosas, es decir las privadas. Estas revistas «internacionales» son las del mundo anglosajón, principalmente estadounidenses, que son las que están indexadas en las bases con «reconocimiento». Las revistas como las nuestras se ven obligadas a seguir este camino sobre todo por las lógicas institucionales dominadas por la parte administrativa y reforzada por los mismos profesores que en aras de ganar más puntos para aumentar su salario, desean publicar en revistas que estén en estas bases. Pero este no es él único camino, aunque debemos señalar que esto se sostiene no sólo por la lógica de mercado que direcciona la universidad actual, sino también por el arrodillamiento intelectual de nuestros profesores y la hegemonía norteamericana en el conocimiento académico. Puedo asegurar con certeza que la mayoría de nuestros docentes investigadores están «al día» en lo que se produce en las universidades estadounidenses, pero la mayoría (e.g. en el caso colombiano) no tienen ni idea de que se produce en el ámbito uruguayo, ecuatoriano o venezolano, sólo por citar algunos casos, y sin mencionar los tres centros importantes de la academia latinoamericana: Argentina, Brasil y México. De estos tres, algo nos llega, pero muy poco.

¿Qué podemos hacer? ¿Sólo tratar de integrarnos a la periferia de la producción estadounidense? ¿Sólo existiremos si nos citan allí? Esto es un sueño nada más, ya que para obtener el reconocimiento en ese mundo no basta que nuestras revistas se vinculen a las bases de datos privadas (verdaderos mercaderes del conocimiento) sino que deberíamos publicar nuestras revistas en inglés y sobre temas que allí se consideren relevantes. Me pregunto ¿es el único camino? No es así. Afortunadamente se están creando redes que vinculan académicas y académicos de nuestros países, hay iniciativas de diálogos Sur-Sur. Se han creado bases de datos de gran calidad y open acces como Redalyc y esto ya es un gran avance, pero no es suficiente. Debemos girar nuestras miradas hacia nuestros países y tomar conciencia de la importancia de la construcción de conocimiento con un sentido social, no empresarial. El mercado no puede determinar el rumbo, sino las necesidades sociales. Debemos enseñar a pensar a nuestros estudiantes en Latinoamérica y desde Latinoamérica. No se trata de dar la espalda a lo que se produce en Estados Unidos ni cerrarnos a dialogar con el ámbito académico estadounidense, allí también podemos encontrar interlocutores, sin olvidar nuestro lugar, nuestros intereses y posibilidades.

Sobre este número de Tabula Rasa en particular no me detendré sino a señalar que hemos creado una nueva sección titulada Palestra dedicada a la discusión sobre la situación de la universidad y de la producción del conocimiento. Aquí estaremos publicando ensayos y artículos que discutan este tema, sin por esto cerrarnos a otros debates pertinentes. Debemos crear y consolidar espacios críticos y aquí encontramos uno nuevo para quien quiera escribir en él.

Leonardo Montenegro M.
Editor